ser pensados

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Debo empezar inevitablemente este parlamento confesando que ya no soy joven. No puedo ni siquiera decir que siento por encima del ser joven, cosa que sería hasta plausible, pero ni esas.

En 2011, el gran artífice de Black Mirror, Charlie Brooker, nos explicaba su experiencia con el interlocutor de cada vez más gente en sus smartphones de manzana. No fue desde luego muy humana y así nos lo hace saber en todo lo que toca su guión, al menos en su serie estrella. Nos propociona una sensación de pérdida muy vertiginosa y realmente apabullante para los que vivimos un poco al margen de los gritos y sollozos que causan series como la suya. De hecho, éste quizás es uno de sus objetivos a día de hoy, tres temporadas después, con sus espejos negros.

La oscuridad y profundidad de nuestra ánima se viene forjando desde los tiempos en que Mark Rothko fue considerado arte. Este es un tema aparte y más espinoso que una hectárea de ortigas. Dicha oscuridad llevó a seres como George Orwell a decirnos qué ocurriría en relativamente poco y lleva a Brooker a mostrarnos los peligros de estos medios a través de los mismos. Mentira sería decir que yo mismo no miro Black Mirror desde la comodidad de un ordenador. Llegado hasta este punto es necesario un acápite tangente en tanto la reacción de la gente ante este fenómeno entre seriéfilos y almas libres-lúgubres. En San Junípero, cuarto capítulo de la más reciente temporada, y en lo que no es San Junípero, sino nuestra realidad tangible, han pasado cosas. Ha pasado que Black Mirror ha cometido su obra maestra.

Cuando, esos a los que asinamos en centros donde les tendrán más paciencia porque nosotros tenemos dinero y por ende haremos lo que queramos de nuestras vidas y nuestras vidas se fundamentarán en mandar a tomar por culo todo vestigio de pasado, nos dicen que esos cacharros que no comprenden desde su analogismo ontológico más terrenal, nos van a joder el mundo que conocemos y a nosotros mismos, nos reímos y entramos a Twitter a compartirlo. Cuando nos lo dicen desde esa pantalla negra que veneramos, lo aplaudimos. Cuando en esa pantalla, esos mismos que veneramos y aplaudimos nos ponen un cielo en la tierra, un amor verdadero (lastimero) y la opción de una vida eterna, les aplaudimos y sonreímos porque “¡por fin los personajes de Black Mirror tienen un final feliz!”. Cuando esos ancianos que no valoramos nos hablan de un cielo, un infierno, de dios y de la vida eterna nos reímos y les decimos que dejen de creer en bobadas y cosas que están caducas porque lo que importa es la modernidad, es la ciencia y es la razón vigente. Desde luego que no hay mejor retrato y no hay mejor impostura generada que esta y por ende también procedo a aplaudir su obra por el experimento sociológico constante y resultante.

Nuestra modernidad urbanita nos ha traído esto, la hipocresía más cínica de toda la ontología conocida. Supera con creces a la concepción normalizada platónica de una sociedad democrática en que los esclavos también eran posibles. La inexistencia carente de cualquier valor nos ha resultado que, después de ser acongojados sin precedentes desde esa pantallita, la mínima opción de adquirir una vida eterna en una gran nube nos parezca justa y razonablemente positiva. Nadie cree ya en el valor real de este momento en el que puedo escribir esto o tú puedes leerlo. Todo lo que sea salir de nuestro gano 400 euros al mes pero quiero un iPhone 23 será nuestra salvación, como si nada hubiera cambiado. Queriendo tan sólo dar rienda suelta a toda nuestra miseria. La escisión de nuestra personalidad (humanidad individual) a la 2.0 se ha completado. Como en todas las grandes lecciones de las grandes obras, siempre puedes ver cómo nadie ha aprendido nada, porque las latas viejas de aprender y ser conscuentes ya no están de moda ni siquiera cuando te lo están poniendo en la pantalla de tu ordenador y es actual porque te lo está proporcionando Netflix. El cénit de la pasividad y vacuidad existencial. Ser pensado, interpretado, releído, angustiado, retrotraído y por último y más agonizante, destruido.

Todo sea por la nostalgia y por aferrarnos a un poquito de belleza y hedonismo mal entendido. Brindemos.

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14th march

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Al salir de la cocina me encontré tan anonadado por los hechos… Saqué la cucharilla y no saqué el café. Ahí acabé de tirar esa mañana. Me sentía tan mal por todo aquello que no fuera darle un uso. Darle el cariño de mis labios y el tacto de la leche tibia con un café gustoso. La cucharilla. Una porción pequeña que te puede dar café, azúcar, coca, sal, arena, yeso, veneno. Es la medida de la muerte.

Esto también me pone la mar de triste. En el momento más mortal de mi vida me veo obligado a pisar sin voluntad del alma día tras otro centros hospitalarios con gente dícese peor que yo. Quizás tengan razón. Ipso facto, me levanté para dirigirme a uno y pedir una cita para una revisión exhaustiva debido a unos malestares en zonas comprometidas. No la conseguí. Nunca un no me sentó tan mal para luego olvidar la importancia que tenía una cucharilla en mi vida.

Sentía todo algo fuera de órbita y la mente por un momento encontró la lucidez para contarlo y parar de mascullarlo en lo más hondo del ser. Para evitarlo sólo me cabe recordar los días de sentir inmortalidad. De sentirme inmune, detallista, caluroso… Encuéntrome con la lucidez para escribirlo y no así para contarlo. La inmortalidad no se cuenta. Está por encima de la no vida que a veces debes aprender a llevar y a la cual debes decir con esa cabriola especial, sì.

la santa serie

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He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
 
Jorge Luis Borges
 
Me resulta imprescindible empezar hablando de algo realmente atípico a lo que vengo soltando por estos lares junto a la voz del poeta homérico más grande conocido. El señor Borges se arrepentía tras una vida plena de satisfacciones del intelecto, en un acto de valentía sin igual, de no haber sido feliz. Algo tan aparentemente falaz para el intelecto. Tan lejano para la punzante realidad del raciocinio. Juntemos esto ahora a la etapa más inconsciente y vehementemente feliz de las vidas curriculares. La infancia, la niñez, un tesoro de tiempo vertiginoso y apasionado. Donde todo carece de sentido real. Donde se forja la inconsciencia personal y colectiva. Allá donde todo empieza a podrirse o nutrirse.
 
Lenny Belardo llega para ser a priori el papa más irreverente, huérfano, díscolo y draconiano de la modernidad. A la altura de su predecesor, Pío XII. Esperando a un Pío XIII maquiavélico y polémico a partes iguales te vas encontrando con algo cada vez menos superficial y más alejado de lo que buscan las series de televisión con personajes aparentemente construidos bajo largas y cafeínicas horas de guionismo clínico. Lenny Belardo no es miseria. Lenny Belardo puedes ser tú, puede ser el vecino que no te saluda cuando te lo encuentras en la cola del supermercado o la funcionaria de Correos y su risa castrense decretada en un papel colgado a vista de todos pero dentro de los territorios oficinistas. Lenny Belardo no tiene ningún referente. Es puro y tradicionalista. Inmaduro, porque no cree en la madurez. No cree en dios porque es incapaz de crecer. Es incapaz de ser racional. Es incapaz de ser maquiavélico, tan sólo es banal. Es banal porque su única meta era el poder. Era el poder a través de la fe, que sí la tiene, pero en la nada. Y quien no cree en la nada cree en dios, según el mismo nos relata. 
 
Humanamente implacable. Un discurso sin duda a la altura de una libreta de un alumno aletargado de historia de la filosofía sobre el Hombre. Como idea, que no como realidad. Lenny Belardo es por encima de todas las cosas una idea. Acompañada de sus supremas majestades llamadas Belleza y Simetría. Es una idea porque evoluciona. Evoluciona porque es humana. La decrepitan humanos y la sufren humanos. De todo este sinvivir ontológico es culpable un italiano más dentro del maravilloso mundo de las artes visuales: Paolo Sorrentino. Irrisorio para algunos congéneres y genio para otros. Se ha reído de los que creían que este trabajo suyo para la pequeña pantalla sería una blasfemia por la cual colgarlo y manipular su gloria, pero no ha sido así. Les ha regalado un bel sorriso. Una sonrisa socarrona. La ha realizado Jude Law por él. Se ha reído de todos como debe hacer un buen cómico. Un honor para su precedencia histórica y cultural. Recordemos de dónde vienen la Comedia y el Rinascimento. 
 
No me extiendo más porque es realmente innecesario. Y porque The Young Pope es una serie para no pensar demasiado en la pantalla, sino en nosotros mismos. Y de paso en los que nos rodean. Porque hemos perdido los referentes. Porque ya vagamos como Dante, pero no tenemos de compañeros a Virgilio y Beatrice, sino a YouTube y la industria de telecomunicacines china. 
 
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doce de enero

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Nunca sé decir nada más después de un dicho esto. Está ocurriendo a velocidades estrepitosamente rápidas. Hay momentos en que conversando con alguien -independientemente de si me incomoda o no- mi mente da un giro revoltoso y áureo a través de un microcosmos que aún debo desconocer.

La memoria nunca me ha servido como hilo conductor. Quizá de ahí vienen las inconscientes divergencias con mis raíces. Siempre que he querido concatenar palabras con sentido he usado las partes de mis discurso menos racionales. Con esto no quiero decir que la memoria sea irracional. No tengo ni siquiera la seguridad mínima para afirmar esto pero sí para dudarlo de tal manera. Esta mágica palabrita proviene de un ser sobrenatural y sobreoccidental llamado Mnemósine. Esta es mi última argumentación. No tengo memoria para más.

Centrando en lo que quise inicialmente decir, no recuerdo ni siquiera la intención real de esto. Puede que argumentativa, puede que aburrimientativa. No tenemos para mucho más, nosotros, los underground del planeta. Los últimos monos que ocuparemos la faz de la tierra por poco tiempo más. Hasta que a otro mono se le crucen los cables.

 

Hölderlin, Hobbes y el Caballero de la Noche

microfilosofiablog

Resultado de imagen de batman the dark knight alan moore En esta segunda entrada sobre el sentimiento heroico en la filosofía y la superheroicidad del cómic actual abordaré la locura de la justicia heroica y la libertad. Batman, el caballero de la noche, de Frank Miller postula que debemos creer en superar nuestros demonios privados a fin de que puedan ser derrotados. La interna lucha entre el miedo y la libertad muestra  un héroe que se alimenta del miedo de sus rivales y de la fuerza que su propio miedo le otorga. El regreso de Batman después de años de exilio representa el renacer de un espíritu de lucha ante una ciudad que se había rendido al crimen, y qué mejor para ese escenario que la locura de la justicia heroica. En Hobbes, particularmente en el Leviatán, apreciamos el destino de esta justicia en el Estado moderno. Los actos humanos están motivados por la pasión y el deseo, no obstante, los actos de la voluntad pasional chocan cuando…

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keeping

Recordaba el invierno más cálido de lo normal. Quizá como una especie de saturnalia meteorológica que llenaba las calles de un rocío acuoso de un carácter muy británico. Las calles se tornaban en pequeños aguaceros cuando el sol salía blanquecino entre los pálidos colores de los edificios. Recordaba los rostros de la gente menos ávidos de lo normal. Quizá consecuentes con lo que cariacontecían sus verdades, sus menudencias ocultas entre una complicada espesura de pocos o muchos billetes. Qué más dará, si hasta el pobre se salva comprando ilusión.

En un torrente de luz, podía otear a lo lejos saliendo de la puerta trasera diestra de un coche amarillo, una cabellera azabache más llamativa de lo normal. Lanzó una mirada especulante hacia un horizonte más claro, menos dudoso, que le permitió inducir de que era la persona menos esperada. Se levantó raudo a pagar la cuenta con esas incómodas moneditas de bronce y se fue tras su búsqueda. Al salir por la puerta del café el coche seguía plantado pero aquella figura se había desvanecido del paraje automovilístico. Se lanzó en su búsqueda como un poseso, sin necesidad de cambiar una expresión consular tosca que imponía e intrigaba en cierta manera a las personas que le prestaban atención cuando cruzaba la calle con andares dignos de león herido. Cruzó la vía oteando la bajada que dominaba el paisaje urbano y consiguió dilucidar nada que le proporcionara una mínima pista. Quiso darse por vencido, cuando al intentar intercalar el paso intermedio a la pausa, se dio cuenta de que sus pies no se movieron nunca de la acera, ni sus ojos de sus apaciguadas cuencas.

fuentes

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Frente a casa, José siempre se encontraba un parque lleno de vitalidad desmedida, generalmente sustentada por un calor asfixiante más que húmedo. Era incómodo para alguien que venía de estar encerrado muchas horas limpiando platos y mirando caras largas sedientas de dinero fácil.

Niños. Una cantidad inmensa de ellos abarrotaba el nuevo paseo aledaño a su casa. Jugaban y chapoteaban en una fuente a ras de suelo construida en días preelectorales por razones obvias. Qué sabrán los niños del motivo su júbilo. Tampoco creo que les importe demasiado. Esas son cosas de las que se ocupan los carcas que preceden su sala de estar a la hora de comer, cenar e incluso la de desayunar. Saltaban semidesnudos por encima o alrededor de los chorros de agua que salían del suelo como géiseres inocentes. Era agua, por fortuna para los infantes.

José, agotado mentalmente por absolutamente todo su entorno, decidió descansar en unas reposaderas ovaladas y marmóreas alrededor de esa fuente. Eran extrañas, más aún recordando que hace poco más de tres meses eso era una arena bañada en fragancia de excrementos caninos. Mientras se sentaba se desabrochó el botón ulterior de su camisa negra, bien planchada pero muy grasienta tras su larga jornada de trabajo estival. Cruzó las piernas y se encendió un cigarrillo que le supo a gloria al sentir su humo al vuelo y el contraste del humo con la altura de los chorros de agua exultante a su espalda visual. Era un espectáculo hacia la nada. Estaba con el cerebro tan seco que cualquier atención a un mísero estetismo le hacía sentir liberado de todo lo vivido.

No tardó en despertar de su cansada inocuidad. Un grupo de niños jugaban al fútbol a la altura de sus pies, en un marco futbolístico algo asimétrico y con las porterías más caóticas vistas desde la noche que Raúl se reía de su resistencia en el Santiago Bernabéu. Era un recuerdo recurrente para José, que de niño fue un hoooligancillo de poca monta del Real Madrid. Un chavalín, de unos seis años de edad aproximadamente (por la voz y el tamaño), se tropezó, sin mirar siquiera, en el pie de alzado de José. Se cayó de caras y se rasmilló suavemente la cara en un suelo relativamente nuevo pero algo frío y mojado. José lo levantó rápidamente y el chaval se sentó a su lado lloriqueando.

– ¿Estás bien? Deberías ir a tu casa a que tu madre te limpie la herida.

– Me duele un poco, pero ayer también me caí y no pasó nada -dijo enseñándole una costra de apariencia reciente.

– No vuelvas a jugar tan cerca de la gente. Les puedes hacer daño. Sobretodo a los abuelitos. Míralos qué tranquilos están. Imagina darles un susto como el que me acabas de dar a mi. No intentes tantas cabriolas en espacios tan estrechos.

– No me hable como papá. Estoy cansado de escucharle. Sólo me interesa cuando me pone unos vídeos antiguos en el DVD. Quiero ser como George Best.

Cuando José escuchó esto, el corazón le palpitó de una forma extraña. Como si se le fuera a sobresalir. No tuvo mejor reacción que sonreír levemente, pero cuando el niño se marchó con sus amigos calle abajo, le dio una calada honda al cigarro y pensó que la última frase del niño era una invención de su padre. Nunca supo la realidad, pero la mentira le supo mejor.

 

radiografía de una idea

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No ha sido mi conciencia capaz de resistirse a compartir tal martillazo de placer a algo tan tratado desde el lirismo y desde la expresividad más amena o más primitiva, léase en poemas o léase en grafitis de suburbios y estaciones de trenes en nocturnidad constante.


Bello y feo. Nada está más condicionado, o, digamos, limitado, que nuestro sentimiento de lo bello. Quien desease pensarlo separado del placer del hombre en el hombre perdería inmediatamente el suelo en que asienta sus pies. Lo “bello en sí” es meramente una palabra, ni siquiera un concepto. En lo bello el hombre se pone a sí mismo como medida de la perfección; en casos escogidos se adora sí mismo ahí. Una especie no puede menos de decir “sí” de esa manera a sí misma, y solo a sí misma. Su instinto más bajo, el de autoconservación y autoampliación, sigue haciéndose sentir en esas sublimidades. El hombre cree que el mundo mismo está repleto de belleza, pero se olvida a sí mismo como su causa. Él y solo él le ha conferido belleza, solo que, ¡ay!, una belleza muy humana demasiado humana… En el fondo, el hombre se refleja en las cosas, tiene por bello cuanto le devuelve reflejada su imagen: el juicio “bello” es su vanidad de la especie… En efecto, al escéptico una pequeña desconfianza puede lícitamente susurrarle al oído: ¿está realmente embellecido el mundo -por el hecho de que precisamente el hombre lo toma por bello? Lo ha humanizado: eso es todo. Pero nada, absolutamente nada nos garantiza que precisamente el hombre constituya el modelo de lo bello. ¿Quién sabe qué aspecto presenta él a ojos de un juez más alto en materia de gusto? ¿Quizá atrevido?, ¿quizá incluso hilarante?, ¿quizá un poco arbitrario?… “Oh, Dioniso, divino, ¿por  qué me tiras de las orejas?”, preguntó Ariadna una vez a su filosófico amante, en uno de aquellos famosos diálogos de Naxos. “Encuentro algo humorístico en tus orejas, Ariadna: ¿por qué no son todavía más largas?”.

Nada es bello, solo el hombre es bello: en esta ingenuidad se basa toda la estética, es su verdad primera. Añadamos enseguida la segunda: nada es feo, a no ser el hombre que degenera; con ello queda delimitado el reino del juicio estético. Visto fisiológicamente, todo lo feo debilita y entristece al hombre. Le recuerda la ruina, el peligro, la impotencia; con eso pierde de hecho fuerza. Se puede medir el efecto de lo feo con el dinamómetro. Dondequiera que el hombre esté de algún modo apesadumbrado, allí sospecha la cercanía de algo “feo”, Su sensación de poder, su voluntad de poder, su valentía, su orgullo: esto cae con lo feo, esto sube con lo bello… Tanto en uno como en otro caso hacemos una inferencia; las premisas para ello están acumuladas con enorme abundancia en el instinto. Lo feo es entendido como un indicio y un síntoma de la de degeneración: lo que recuerda a degeneración, por remotamente que sea, produce en nosotros el juicio “feo”. Toda vislumbre de agotamiento, de pesantez, de vejez, de cansancio, todo tipo de falta de libertad, como espasmo, como parálisis, sobre todo el olor, el color, la forma de la descomposición, de la putrefacción, aunque sea en su última dilución, como símbolo: todo esto suscita la misma reacción, el juicio de valor de “feo”. Un odio surge ahí: ¿a quién odia ahí el hombre? Pero no cabe duda: a la decadencia de su tipo. Ahí odia desde el más profundo instinto de la especie; en ese odio hay estremecimiento, precaución, profundidad, mirada que ve lejos: es el odio más profundo que existe. Por su causa es profundo el arte…

Nietzsche, martilleando consciencias en El crepúsculo de los ídolos.

aproximaciones

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Llamé al timbre habiendo suspirado primero. Me pegué el carrerón del mes para no romper mi honorabilidad puntual. Había quedado con Marta a las 15.30h. Una hora muy atípica porque nosotros fuimos muy atípicos. Contestó Marta a los pocos segundos con un apresurado -al igual que mi suspiro- ara baixo, amor. Me senté sobre un bordillo que más que eso parecía un lápiz mal afilado encarado desde la perpendicular contraria a la que venía. Recuerdo como si fuera ayer mismo las bajadas de una Gran Via que lucía radiante y estival a rabiar cuando la caminábamos ignorando la humedad que nos hacía seres enamorados pero antisépticos. Miré la hora, impaciente, y noté el movimiento en las escaleras marmóreas de su bloque y el chasquido de las chanclas en el suelo también marmóreo. Ese chasquido era el estímulo de mi sonrisa en aquél momento. Ni el atardecer más bonito descrito por Josep Pla conseguía una sugestión parecida en mi. Era ella, que bajaba con el pelo recién salido de la ducha, recién emulsionado en lavanda y en aceite de argán quizás su cuerpo. Su rostro ovalado hacía que su sonrisa fuera lo más parecido a la luna que podía ver a las tres de la tarde un verano. Para casualidad estaba (y aún está, mientras no deje este mundo) rodeado de una constelación de pequitas que le proporcionaban un aire de inocencia que añoraba tanto mi inconsciencia freudiana. Jugar a pensarla como la Luna no estaba muy difícil teniendo de compañeros de cama a los poetas simbolistas. Traté de disfrutar varios segundos más de ese frescor que aliviaba aquellos temores que tanto me apesadumbraban y por los cuales salía pitando de casa cuando tenía una buena razón para hacerlo. Recuerdo y adolezco como tantas veces unos labios muy próximos al granate. Eran gruesos y consistentes como los míos, pero los suyos se manejaban muy bien pese a la inocencia en la técnica oscular. Una vez vuelto a la realidad de treinta y seis grados llegaba casi siempre un momento cómico a la vez que patético por mi parte. A on vols que anem ara?, me preguntaba desde su alma cándida. Yo siempre rehusaba mientras pude ir a la playa. No me gustaba nada, y de hecho no me sigue gustando ahora. No sé si cambiará esta mala costumbre en un clima tan mediterráneo, pero lo único que sé es que ahora esos aires y esa sensación de calima helena es ahora una maldita elegía, mucho más si la afronto desde la subida de la Gran Via hacia la rotonda de la estación de autobuses. Estoy pensando esto varado desde un apoyo muy oportuno. Me proporciona una visión directa de la puerta translúcida en la que podía dilucidar aquella silueta algo rellena pero tan universal. Era universal quizás por su rostro, por su cielo unipersonal. Era única porque guardaba en sí algo único. Ese algo se quedó para siempre detrás de la puerta traslúcida y lejos, con un mar de coches en bajada esperando a la rotonda como bloqueo, del que descifró para siempre su esencia.

El lugar del cuerpo

Nunca pensé que alguien encerrado en un valle fuera capaz de ser tan panamericano.

buensalvaje

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Reseñas

El lugar del cuerpo

Rodrigo Hasbún (Cochabamba, 1981) ■ Santuario Editorial (2014) ■ 120 páginas ■ 29 soles


Novela. Rodrigo Hasbún presenta todas sus credenciales con su primera novela, El lugar del cuerpo, publicada en Perú por la estrenada Santuario Editorial (proyecto impulsado por los escritores peruanos Diego Trelles Paz y Víctor Ruiz Velazco), en la que plasma distintos niveles narrativos a pesar de la brevedad del texto, aventajando a muchos de sus coetáneos, que en la actualidad prefieren (o no pueden sino) escribir libros unidimensionales. Hasbún utiliza el cuerpo de su protagonista, una mujer longeva con tintes de escritora a lo Virginia Woolf, como un ente narrativo. Entonces el narrador se sirve de ella para recrear y ficcionalizar recuerdos malos, perversos, inocentes, familiares, amorosos y sexuales que aún su memoria conserva en latencia como pulsiones de vida. El lugar del cuerpo también propone una búsqueda de la…

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